viernes 27 de enero de 2012

Después de 30 años.

Hola Sara. Espero que estés bien. Sé que hace casi treinta años que no hablo contigo
y que una carta no es el mejor modo de retomar nuestra relación. Pero hace poco
que regresé de un fantástico viaje que me ha dejado muy consternada y necesito
contárselo a alguien, además, creo que hay mucho que decir entre nosotras. Al
fin y al cabo… eras mi mejor amiga.
Lo primero que me gustaría decirte es que ya he olvidado lo de Pedro, aunque aún
tengo su foto en mi mesita de noche. El amor surgió entre vosotros, y he
aprendido que eso es bueno. No siempre se tiene la suerte de encontrarlo.
Aunque estuve triste durante mucho tiempo, ahora me alegro por vosotros.
Ya sabes que nunca me ha gustado el frío, así que cuando me marché de La Alberca
fui a Málaga, a disfrutar de su clima cálido. Recuerdo muy bien aquel quince de
septiembre del año 1973. Las nevadas se adelantaron y la plaza del pueblo
estaba completamente blanca. Llevaba una sola maleta azul, aunque tuve que
cargar con ella ya que no avisé a nadie de que me iba. Al entrar en la estación
de autobuses me quité la ropa de abrigo. Debido a la nevada el autobús salía
con retraso, así que me senté en la cafetería. Apenada cogí el periódico local
e intenté leerlo, aunque mis pensamientos se fueron hacia Pedro. Recordando los
paseos por la avenida de los abedules. Pedro sabía que yo no soportaba el frío
y me rodeaba con sus brazos apretándome fuertemente contra él.
Al fin consiguieron quitar la nieve de la carretera. Subí al autobús y emprendí el
viaje hacia Málaga. El autobús se iba alejando y yo intentaba que mis recuerdos
quedasen allí, aunque no fue así. Estuve contemplando el paisaje, su verde
follaje entremezclado con las rocas del Peñón de Francia.
Cuando desperté al día siguiente el autobús ya estaba entrando en la provincia de
Málaga. El paisaje era completamente diferente, casi desértico. Sus tierras
eran completamente marrones y su vegetación rubia como la cerveza. El sol
pasaba a través del cristal de la ventanilla y me calentaba la cara.
En la estación me estaba esperando el Sr. Ramírez, director del hotel en el que iba a
trabajar. Llevaba un traje gris y un sombrero del mismo color que ocultaba la
mayor parte de su cabellera gris. De su mano colgaba un maletín de piel marrón,
seguramente lleno de documentos.
Me instalé en el 4º A de un pisito de Ciudad Jardín, un modesto barrio de la
ciudad Malacitana. La avenida principal estaba llena de naranjos, y los
jardines de las casas rebosantes de flores. Mis vecinos eran todos muy amables,
sobre todo la Sr. Amalia, que vivía en el 5º C. a menudo bajaba envuelta en su
bata azul y con su cabeza llena de rulos. Me pedía un poco de algún condimento
para la comida y me ponía al día de los chismes del patio.

Cuando entré en casa por primera vez, cerré la puerta, solté la maleta y me quedé
parada, observando, oliendo el aire húmedo que desprendía la vivienda, la
madera vieja y el habitáculo cerrado. Abrí la ventana y el sol entró de forma
descontrolada haciéndome girar la cabeza de forma repentina.
Las calles estaban iluminadas por la Navidad. De los escaparates de las tiendas
colgaban campanitas plateadas, estrellas brillantes, piñas doradas… Hacía frío,
pero no tanto como en Salamanca, apenas llevaba un abrigo y un jersey. Esta era
la primera Navidad en la que no tendría que comprar regalos. Entré en el piso y
cerré la puerta. En la habitación solo se oía el tictac del reloj que había
comprado unos días antes. Me senté en la cama y me puse a mirar la foto que
tenía de Pablo en la mesita de noche.
Llevaba seis meses en la ciudad y aún no había hecho ninguna amistad, no por el
carácter de la gente. Aquí todo el mundo es muy abierto y sencillo. Es solo que
no tenía ganas de intimar con nadie. Los domingos solía ir a pasear por la
finca La Virreina, en marzo el sol calienta solo lo justo. Puedes dar placidos
paseos al atardecer sin soltar una sola gota de sudor.
Todo era bastante normal y rutinario en mi vida, pero entonces hubo un día especial,
el veintiocho de marzo de 1974. De diez a diez y media, era la hora del
desayuno. Yo me sentaba en la cafetería, tomaba un café irlandés y leía el
periódico local. Normalmente noticias de economía, del régimen, de futbol y de
toros. Pero ese día, el periódico tenía en portada una foto de varios ovnis, y el titular decía “EXCLUSIVA MUNDIAL, FOTOGRAFÍAS DE OVNIS EN FORMACIÓN”. Leí el reportaje por encima, los ovnis habían sido vistos cerca de mi casa, en la carretera de las pedrizas. Por lo visto había varios espectadores del suceso. Uno de ellos decía que cuando las luces se acercaron
al suelo pudo hacer un cálculo aproximado de su longitud comparándolo con los árboles y alguna que otra casa de la finca La Virreina. El testigo decía que los ovnis medían aproximadamente cien metros, y que un halo de luz los envolvía por completo. Eran alargados, casi con la misma forma de un puro. También decían que habían desaparecido a la altura del pantano Del Agujero.
Ese día no fue muy concurrido en el hotel, un par de clientes dejaron sus habitaciones
y les extendí la factura correspondiente. A las ocho llegó María para relevarme
y yo me marché a casa.

Estaba muy oscuro, a penas si podía distinguir el suelo de la pared, pero seguí
avanzando. Mi mano iba rozando la rugosa pared, y mis pies tropezando uno con
otro. Aquella extraña luz azulada estaba cada vez más cerca, y yo seguí
avanzando hacia ella. No sabía lo que era, pero tenía que ser una nave
espacial, porque podía notar su frecuencia alfa, aunque no sé qué es eso. De
pronto escuché un extraño ruido, como un crujir de ramas, pero dentro de
aquella cueva no había ningún árbol. Tropecé y caí sobre el fresco césped. No
había nada a mi alrededor salvo aquel gran árbol metálico. Sí, metálico. No
tenía hojas, solo un montón de ramas enrevesadas. Era enteramente de hierro
cromado. La luz se reflejaba en él, poco a poco se fue haciendo más y más
molesta hasta que una gran bola de luz se formó delante de mí. A medida que la
bola iba creciendo quemaba el césped que encontraba a su paso. De pronto la
bola empezó a avanzar hacia mí, y yo comencé a saltar de estrella en estrella,
por más que corría, la bola más se acercaba a mí. Al fin me desperté
aterrorizada. Era la peor pesadilla que había tenido desde hacía años.
Me levanté y fui al servicio. La taza estaba tan helada que un escalofrío me
recorrió todo el cuerpo cuando mis glúteos se pusieron en contacto con ella.
Después abrí el grifo del lavabo que echaba un tenue chorrito de agua y bebí
unos cuantos sorbos. Volví a la cama, miré mi reloj que no había dejado de
hacer tictac en toda la noche. Las agujas marcaban las cinco de la madrugada.
Tiré de las mantas y me arropé hasta la nariz, luego me puse en posición fetal
y metí mi cabeza bajo las mantas. Empecé a dar vueltas y vueltas, una y otra vez
se me venía mi sueño a la retina, y me acordé del titular que había leído por
la mañana en el periódico. ¿Y si de verdad habían aterrizado los
extraterrestres? Empecé a sudar, me desprendí de una manta y seguí dando vueltas en la cama. ¿Y si fuera a echar un vistazo?, pronto amanecería. Me incorporé de golpe, encendí la luz. El reloj marcaba las seis menos cuarto.
Impulsada no sé por qué, me vestí a toda prisa con mi chándal azul marino. Tres
rayitas blancas lo atravesaban por las mangas y por el lateral de los pantalones.
Cogí la linterna de las pilas “Cegasa” y mi bicicleta color café.
Inmediatamente me puse en camino hacia el pantano del agujero.
Salí del portal empujando mi bicicleta. El relente de la noche penetró en mi cuerpo
cual espíritu de ultratumba. Subí en la bici y me puse a pedalear con fuerza
para quitarme el frío, y para que la dinamo produjese la suficiente energía
como para encender el faro de la bici. Tardé relativamente poco en llegar hasta
el camino que conducía al pantano, ahora, dicho camino era más pronunciado, y
si no fuera porque había luna llena no hubiese visto la carretera, ya que tuve
que empujar la bicicleta y la dinamo ya no producía energía suficiente. Cuando
llegué a lo más alto, el alba asomaba por los montes de la finca Quintana. Dejé
la bici en un lado, miré al agua y pude ver el reflejo de la luna llena y el de
una estrella que había a su vera. Miré al cielo y vi la luna, pero… no había
ninguna estrella a su lado. Miré repetidas veces al pantano y al cielo, no
había nada junto a la luna, pero en su reflejo seguía estando esa luz. Era como
un pequeño grano comparada con el tamaño de la luna. Pensé que fuera lo que
fuese tendría que estar bajo el agua, así que decidí bajar por la ladera a ver
si conseguía averiguar qué era aquello. Apenas había dado dos pasos me resbalé
con las hojas secas que había en el suelo, mi espalda se golpeó fuertemente
contra el piso y me deslicé varios metros. Me levanté dolorida y apagué la
linterna. Mis ojo se habían acostumbrado a la luz del alba, aunque lo veía todo
de un color grisáceo podía distinguir las figuras de un color más negro. Caminé
hacia el agua, sentía una extraña sensación de angustia y aminoré el paso.
Notaba la presencia de alguien y me giré para no ver a nadie. Iba andando hacia
la luz sumergida, noté como alguien o algo respiraba tras de mí y caí al suelo.
Una extraña y deforme figura estaba tras de mí. El corazón se me aceleró y me
levanté rápidamente echando a correr. No sabía si iba cuesta arriba o cuesta
abajo. Solo corría y corría. Por mi mente pasaba la imagen de esa horrible
cosa. También vi el árbol metálico de mi sueño y a ti y a Pedro cogidos de la
mano por el paseo de abedules. Más tarde eso me haría comprender lo importante
que habéis sido en mi vida, y olvidar el enfado y el dolor que me hacíais
sentir.
Cuando el suelo desapareció de debajo de mis pies dejé de correr para caer por un
agujero, pegué con mis glúteos en el suelo, pero me hice mucho daño. Me levanté
y me di cuenta de que había perdido la linterna. Entonces distinguí una luz,
estiré los brazos y di unos cuantos pasos hasta que conseguí tocar una pared.
Era lisa y suave, seguramente estaría cubierta de musgo. Muy lentamente fui caminando hacia la tenue luz, que poco a poco se fue volviendo más densa. Cuando ya estaba muy cerca de ella distinguí la salida del corredor en el que estaba, la salida del corredor de la oscuridad
para entrar en el corredor de la luz. Al principio pensé que estaba muerta y
que aquella era la luz que me mostraba el camino al cielo, pero luego vi el
agua, miré hacia arriba y pude ver la luna. Aquel pasillo fabricado a base de
una luz blanca estaba bajo el agua del pantano, y yo dentro de él. Avancé
despacio pero decidida. La paz me embriagó dentro de aquella luz blanca. El
pasillo terminó desembocando en una bola de luz mucho más intensa. Escuché como
un extraño suspiro y una puerta se abrió ante mí. El lugar era muy raro, todo
de color blanco y su decoración estaba compuesta sólo por figuras redondas.
Volví a escuchar ese suspiro y las puertas se cerraron. Entonces la estancia
empezó a brillar y tuve que cerrar los ojos. Me agarraron de los brazos… logré
abrir un poco los ojos y distinguir a dos criaturas, eran iguales a la que
había visto momentos antes corriendo tras de mí en el pantano. Las criaturas me
arrastraron por el suelo hasta tenderme en una especie de tarima. Luego noté
como me agarraban muchos más de esos seres y clavaban agujas por todo mi
cuerpo, después me quedé dormida.
Desperté hace dos días junto al pantano. Me encontraron unos pescadores. Me gustaría
volver a verte Sara. Toda la gente que conocía aquí está muerta y yo sigo
teniendo veinte años, cuando debería tener cincuenta. Por cierto, estoy
embarazada de ocho meses… y no sé de quién o de qué.

Tu amiga que te echa de menos.

María Espinoza.
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martes 24 de enero de 2012

Un cuento de Navidad

El día siguiente sería Navidad, y mientras los tres se dirigían a la estación de naves
espaciales, el padre y la madre estaban preocupados. Era el primer vuelo que el
niño realizaría por el espacio, su primer viaje en cohete, y deseaban que fuera
lo más agradable posible.
De momento el taxi no se movía. El atasco en la avenida Valle-Inclán era normal en
un día como aquél. La gente salía a hacer las compras para noche buena, los
ingredientes para la cena, vino, regalos de última hora. Los más retrasados
incluso compraban el árbol y sus adornos. El sonido de la lluvia era continuo
sobre la chapa del viejo vehículo, casi no se podía ver por los cristales.
—Papá, ¿seguro que Papa Noel podrá llegar a la nave espacial?
—Claro que sí hijo. Papa Noel puede llegar a todos lados.
Pepito no quedó muy convencido. En seis años Papa Noel nunca le había fallado, pero no
estaba seguro de que los ciervos pudiesen volar tan deprisa como para llegar a
la nave.
—Maldita lluvia y maldita Navidad. —Dijo el taxista sin soltar el cigarro de la boca.
Carlos suspiró y echó una mirada de complicidad a su esposa que estaba sentada en el
asiento de atrás con Pepito. Ella asintió con la cabeza para comunicarle que
estaba bien.
Lentamente atravesaron la avenida de Valle-Inclán y consiguieron entrar en la autovía. La
lluvia disminuyó un poco su intensidad.
—Mamá, ¿hay chimenea en la nave espacial?
—No, hijo, no hay.
—Entonces, ¿cómo va a entrar Papa Noel?
Eloísa suspiró. —Ya encontrará algún modo. Siempre lo hace.
—¿Pero cómo sabrá dónde estoy. Y si deja mis regalos en casa?
Eloísa empezaba a desesperarse. —Papa Noel lo sabe todo, llegará a la nave y te dejará
tus regalos.
—¿Debajo del árbol de Navidad? —Dijo Pepito con su cara otra vez llena de ilusión.
—¡Carlos, ayúdame por Dios!
—Em… no hay… árbol de navidad en la nave espacial.
—¿Pero entonces dónde va a dejar Papa Noel los otros regalos?
—¡Se acabó José! ¡Estate calladito hasta que lleguemos a la estación de naves¡
Pepito se cruzó de brazos y agachó la cabeza. Llegaron a la estación, bajaron del taxi
y descargaron las maletas, las pusieron en un carrito y entraron. Buscaron en
los paneles la puerta de embarque de su nave…
—¡CANCELADO! —Dijeron Eloísa y Carlos al unísono.
—¿Qué es cancelado? —Preguntó Pepito.
—Voy a ir a información. Quedaos aquí con las Maletas. —Eloísa asintió con la cabeza y Carlos
se marchó.
—Mamá, ¿qué es cancelado?
—Cancelado es que la nave no despegará hoy.
—Entonces, ¿dónde dejará Papa Noel mis regalos?
Eloísa estuvo a punto de gritarle, pero vio como a Pepito se le encharcaban los ojos.
Se agachó con una de esas sonrisas que solo saben poner las madres y lo abrazó.
—Tranquilo, que Papa Noel llegará allí a donde tú estés.
Al poco llegó Carlos meneando la cabeza.
—No me lo puedo creer. Han suspendido el despegue por el mal tiempo. No podremos salir
hasta el lunes.
Eloísa miró a Pepito. —Bueno… tendremos que celebrar la Navidad en casa.
—Vale. —Fue lo único que dijo Pepito.
El viaje de vuelta a casa fue aún más tardío que el de ida a la estación de naves,
pero más tranquilo para los padres de Pepito, ya que este se pasó todo el rato
tarareando villancicos. Además el taxista no abrió el pico en todo el viaje.
—Carlos, vamos que tenemos el tiempo justo para preparar la cena.
Eloísa y Carlos prepararon una rápida sopa de verduras y un puré de patatas con
filetes de ternera. La cena fue agradable. De cuando en cuando Pepito hacía
alguna trastada involuntaria, como intentar pinchar un trozo de filete y que
este fuese a parar al suelo. Sus padres se reían pero evitaban que Pepito se
diese cuenta. Cuando terminaron de cenar acostaron a Pepito y lo arroparon al
darle las buenas noches.
—Duérmete pronto o Papa Noel no vendrá. —Le dijo su madre mientras le acariciaba la
frente.
—Papa Noel ya ha venido, pero me dormiré pronto para que me deje mis otros regalos. —Pepito
cerró los ojos y se puso de costado.
Sus padres se miraron extrañados y salieron del cuarto. Furtivamente sacaron los
regalos de Pepito que estaban dentro de las maletas y los pusieron debajo del árbol.
—¡Anda!, hoy no hemos mirado el correo.
Carlos abrió la puerta de la casa y anduvo unos metros hasta llegar al buzón. Sacó un
montón de cartas que dejó en lo alto de la mesa del salón. —Voy a lavarme los
dientes.
Eloísa se sentó y cogió de entre las cartas un sobre grande, era de su suscripción a
la revista “ponte guapa”, todos los meses le mandaban un número. Una carta fue
a parar al suelo. Eloísa la cogió y reconoció la letra de su hijo. “para
papanoel”. Eloísa la abrió rápidamente.

"Ola papanoel te escribo otra ve para desirte que esta navidade no me traiga lo regalos a mi casa me voy de biage con mi papas traeme lo regalos a la nave espacial lo ke mas me gustaría es pasar la navidaz en casa con mi papas pero eso no puede se porque tenemos que ir de
biage te puedo pedir como regalo que pase la navidaz con mi papas en mi casa? Si me traes ese regalo me da igua los otro bueno traeme tambiem los otropero el que mas quiero es el que pase las navidade en mi casa con mi papas Adiós papanoel un fuerte abazo"


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domingo 22 de enero de 2012

Caníbal

Ya no se recordaban los tiempos en que la luna acunaba los sueños de los niños. A
los pájaros no se les oía cantar ni se les veía volar. El sol abrasaba el planeta
y la especie humana era la única superviviente, y la culpable de todo. La
tecnología movía el mundo. Los países competían entre ellos para sobrevivir. Se
acusaban unos a otros de espionaje industrial. Una mañana, lo que quedaba del
mundo se despertó sobrecogido por un bombardeo en la costa sureste nipona. Le
siguieron unos extraños incendios que arrasaron China por completo. Se suponía
que se habían abandonado todas las pruebas nucleares, pero cuál fue la sorpresa
de la humanidad cuando empezaron los bombardeos, bombas nucleares cayendo en
todas partes. Sí, fue la tercera guerra mundial, la que arrasó todo el planeta.
Aunque los pocos supervivientes que quedaron la llamaron “La Gran Guerra”. Fue
al sur de España y en el Norte de África donde quedaron algunos supervivientes.
Vivían solos, buscando alimentos en los pocos campos que no habían sido
destruidos por La Gran Guerra, ni por el cálido Sol de antaño. El planeta ahora
estaba siempre envuelto en una densa atmósfera que no dejaba ver el sol, y
debido a la radiación nuclear surgió una nueva raza de hombres. Hombres que
llevados por la necesidad de alimentarse, comían todo lo que encontraban.
Incluso se comían a su propia especie, a estos hombres se les conocía como
“Caníbales”.

Hacía poco que había amanecido, el aire era húmedo, pronto caería el chaparrón
matinal habitual. El Caníbal se apoyó en el ancho tronco de un extraño árbol de
denso follaje. El agua empezó a caer suavemente. Hacía casi una semana que no
probaba bocado y su estómago no paraba de rugir. El agua ya caía
torrencialmente y no tardó en escapar. Era la mejor hora del día para olfatear
a sus presas. La tierra mojada acentuaba los olores, y también el agudísimo
sentido del olfato que habían desarrollado los Caníbales. Con los ojos cerrados
y olisqueando, el Caníbal empezó a caminar. No tardó en encontrar un rastro que
seguir. Apoyó sus manos en el suelo y empezó a andar a cuatro patas,
olisqueando la tierra mojada, como si de un perro se tratase. Anduvo así
durante unos quince minutos, hasta que vio a lo lejos a un hombre tirado en el
suelo, parecía dormido. El Caníbal fue bajando lentamente por el monte de
olivos y almendros, haciendo el menor ruido posible. Llegó a un pequeño
despeñadero, había unos tres metros de altura entre el hombre que estaba
dormido y él. El Caníbal sacó un cuchillo y saltó desde la sima precipitándose
sobre su presa. Cayó justo encima, y le clavó el cuchillo en el esófago.

No muy lejos de allí, Frank había pasado la noche en una pequeña extensión de terreno
donde había naranjos y limoneros. Un chorrito de agua fresca salía de entre las
rocas, Frank se lavó la cara y llenó la cantimplora. Se comió tres naranjas y
cogió algunas que metió en su mochila, así tendría alimento para dos o tres
días. Luego reemprendió su viaje a ninguna parte. Empezó a subir por una
escarpada montaña, acompañado por su inseparable palo que usaba de bastón.
Siguió un antiguo camino que debió servir para sacar los frutos a los antiguos
propietarios del almendral. Después de seguir el camino durante un rato llegó a
una casa semi-derrumbada. Aunque aún quedaban restos de pintura blanca, eran
más abundantes a la vista los muros de piedra. El tejado casi sin tejas dejaba
ver el cañizo y las vigas de madera, comidas por la polilla y putrefactas por la
intemperie. Frank se plantó delante de la puerta y la empujó con suavidad, esta
se abrió lentamente pero con un desmesurado chasquido. Frank entró, echó un
rápido vistazo, debía de vivir gente, porque la casa no estaba muy sucia.
Escuchó un ruido, no tardó en sacar su arma y darse la vuelta, pero se encontró
con una escopeta en la cara. El hombre que había frente a él también tenía la
pistola de Frank en la cara.
—¿Vives aquí?
—Sí, esta es mi casa.
Frank bajó la pistola. —Escucha, creía que la casa estaba abandonada y pensé que
podría dormir aquí. Me marcharé. —Se alejó del hombre caminando de espaldas
lentamente hacia la puerta.
—¡Espera!, si quieres puedes pasar aquí la noche, aún tengo algunas provisiones.
—Será un placer —Frank extendió su mano—. Me llamo Frank.
Alexestrechó su mano y le respondió cortésmente. —Yo soy Alex.

Ya había anochecido, el Caníbal entró en su guarida para pasar la noche. Descendió
cinco metros hasta llegar al fondo del pozo.

Entre las rocas de la pared, tenía una especie de despensa en la que guardaba algunas botellas de
vino y güisqui. Encendió una vela y cogió una botella de güisqui.

—Hacía mucho tiempo que no comía embutidos.
Alex abrió los ojos y miró fijamente a Frank. —Pues tengo una sorpresa.
Frank sonrió. —¿Sí, cual?
—Güisqui.
El güisqui, al igual que todos los productos que salían de fábrica era muy
valioso, debido a que ya no existían fábricas. Todos los productos se
elaboraban artesanalmente y para consumo propio. Terminaron de cenar y
comenzaron una animada charla acompañados por la botella de güisqui.
—¿Cómo has venido a parar aquí? —Preguntó Alex.
—Siguiendo varios caminos —Dijo Frank sonriendo.
—¿Naciste en Málaga?
—Sí.
Dos años antes de la Gran Guerra. Toda mi familia murió en los bombardeos.
—Aquí no llegaron los bombardeos —Dijo Alex melancólico—. Pero un Caníbal acabó con
mis padres y mi hermana.
—¿Cómo conseguiste escapar?
—No sé… si no me vio, o decidió matarme después, pero mientras que les extirpaba las
entrañas…
—El hígado y el corazón —Le interrumpió Frank.
—¿Qué?
—Los caníbales les sacan el hígado y el corazón a sus presas, es lo primero o lo
único que se comen.
—Bien, pues mientras, yo cogí la escopeta de mi padre y bajé aquí, al salón, justo por
esas escaleras, y le pegué un tiro en la cabeza. Desde entonces les tengo un
miedo terrible a esas criaturas. Creo que anda por aquí uno de esos caníbales.
—Entonces habrá que tener cuidado —advirtió Frank—. Los Caníbales conocen muy bien su
territorio, todos sus atajos, lo tienen lleno de armas ocultas y trampas.
También tienen un sitio fijo para dormir que no abandonan ninguna noche, a no
ser que salgan varios días en busca de caza. Lo único bueno de ellos es que
siempre van solos.
—¿Cómo sabes tanto de los caníbales.
Frank lo miró fijamente. —Porque, yo, soy un caníbal.
—¿Qué?
Frank sonrió. —Es broma. Yo antes me dedicaba a cazarlos para sacar algún dinero.
Pero como ya no había casi donde comprar comida, decidí vagar por el mundo en
busca de alimentos.
—A mí ya me queda poca comida. ¿Crees que podría ir contigo? —Preguntó Alex.
—¡Claro! Así no me aburriré tanto.
—Perfecto, cogeremos mis últimas provisiones y saldremos por la mañana.
Frank negó con la cabeza. —Será mejor salir al atardecer, si dices que anda por aquí
un Caníbal. No suelen cazar de noche.

Hacía ya rato que había amanecido. Acababa de caer la lluvia diaria de la mañana. El
Caníbal, aprovechando el agudísimo olfato que destacaba en su especie, estaba
siguiendo un rastro. Llegó al huerto donde Frank había pasado la noche
anterior. Cogió un limón, lo peló con su cuchillo y se lo comió sin que la más
mínima mueca se reflejase en su rostro. Empezó a seguir el rastro que Frank
había dejado camino arriba, pero un olor distinto al de Frank penetró por sus
fosas nasales. Se escondió entre los matorrales y esperó pacientemente. Una
joven venía camino abajo. Era muy hermosa, su piel era morena y tenía una larga
melena negra. Su piel estaba cubierta de manchas brillantes, parecían
estrellas, pero no lo eran. Estas manchas eran a consecuencia de la radioactividad.
El caníbal salió de entre la maleza y se plantó frente a ella.
La joven se desconcertó por un momento, pero no tardó en sonreír. —¡Hola!, da
gusto encontrarse con alguien de vez en cuando. ¿Te gustaría acompañarme para
comer?
El Caníbal quedó mirándola a los ojos, por un instante se ahogó en ellos.
—¿No entiendes mi idioma o qué? —Le soltó la chica con desparpajo.
El Caníbal se quedó en silencio estudiando a la joven, se acercó a ella, la cogió
por la cintura y la besó suavemente en los labios mientras seguía mirándola a
los ojos. Sacó su cuchillo, pero la joven vio sus intenciones. Le dio un
rodillazo en los testículos y empezó a correr camino abajo. El Caníbal corrió
tras ella, después de una corta persecución el Caníbal alcanzó a la joven y
apretó el delicado cuello con sus duras manos, hasta que la dulce mirada de la
joven quedó perdida en el horizonte. Luego cogió su cuchillo y le sacó el
hígado y el corazón.

Al llegar la tarde, Frank y Alex empezaron su viaje juntos. Empezaron a bajar por
el camino que había llegado Frank. —Por este carril es por donde vine hasta tu
casa, pero yo no corté camino por aquí, di un gran rodeo por esa montaña.
Alex sonrió. —Ventajas de conocer el terreno.
Mientras que Alex y Frank habían desviado su camino, el Caníbal llegó a casa de Alex.
Entró con sigilo e inspeccionó todas las habitaciones. Después salió a la calle
y olfateó por toda la fachada hasta que dio con un rastro. Lo siguió varios
metros por el mismo camino que había venido, pero ahora el olor de Frank y Alex
se desviaba a la derecha.
Los dos compañeros se pararon a la vez. En el suelo estaba tirado el cuerpo de una
hermosa joven.
—¡Joder! —Dijo Frank sorprendido.
—¡Hijo de puta! Ha sido hace poco.
—¿Cuándo? —Preguntó Alex intentando ocultar su preocupación.
—Esta mañana. Ayer por la tarde como mucho. Tenemos que darnos prisa.
—¿Prisa, en qué?
Frank echó a correr. —¡En salir de su territorio de caza. Vámonos!
Alex corrió tras él. Corrieron muy deprisa, el viento soplaba en sus oídos y la
sangre se les agolpaba en la cabeza. Los pulmones se les hincharon tanto que
tuvieron que parar al llegar al río. Los dos jadeantes.
—¿Qué haces? —Preguntó Frank sorprendido.
Frank empuñaba una pistola con ambas manos. Sus dedos entrecruzados, y el dedo índice
de su mano derecha presionando el gatillo. —¿De verdad creías que no me había
dado cuenta de que eres un caníbal? Los huelo a leguas, créeme, jamás podría
equivocarme.
Frank se quejó —No digas tonterías, yo no soy un caníbal.
—¡Cállate hijo de puta!, date la vuelta y pon las manos en la espalda.
Alex le amarró las manos a Frank, y luego amarró a este en el tronco de una enorme
adelfa que había en la orilla del río. Miró a Frank a la cara, sonreía
sarcásticamente, pero la cara le cambió. Alex volvió su cabeza y vio como un
hombre corría hacia él.
—¡Es él! —Gritó Frank—. ¡Corre!
Alex salió corriendo, la pistola se le cayó al agua. El Caníbal se paró delante de
Frank y vio que estaba amarrado a la adelfa. Voló detrás de Alex. Alex sabía
que no estaba muy en forma, tarde o temprano el Caníbal acabaría cogiéndole.
Así que decidió esconderse. Se ocultó en unas rocas que había en mitad del río,
pensó que el Caníbal saltaría por las rocas, seguiría corriendo y no le vería.
Pero el Caníbal se detuvo en lo alto de las rocas, cerró los ojos e inspiró una
gran cantidad de aire. Miró hacia abajo, sacó el cuchillo y saltó dando un giro
de ciento ochenta grados, cayendo justo frente a Alex. Este fue su final.
Mientras que el Caníbal perseguía a Alex, Frank había conseguido desamarrar las cuerdas
que lo sujetaban a la adelfa. Subió el monte para salir del río. Corrió por el
camino hasta llegar a una bifurcación, tiró las cuerdas en el ramal que salía
hacia la izquierda, y él siguió corriendo por la derecha. El Caníbal una vez
que acabó con Alex, fue a buscar a Frank. Llegó hasta la adelfa, pero se
encontró con el sitio. Vio como las huellas de Frank entraban en el río, no
podía haber ido río abajo, porque lo hubiese visto u olido. El Caníbal siguió
río arriba, hasta que vio las huellas que Frank había dejado al salir del agua.
Siguió su olfato monte arriba hasta llegar al cruce, olfateó las cuerdas,
olfateó el camino de la izquierda y no había rastro de Frank. Olfateó el camino
de la derecha y soltó una sonrisa, a lo lejos vio a Frank que corría para
meterse de nuevo en la maleza del río. El Caníbal empezó a correr detrás de
Frank, saltando balates, escalando enormes rocas, cayendo en pozas. Habían
recorrido una enorme distancia cuando Frank se paró. Estaban frente a frente.
—La verdad es que de cerca no pareces tan salvaje —Frank esperó la respuesta del
Caníbal, pero este no abrió la boca—. ¿Qué, te atreves a luchar ahora que te he
sacado de tu territorio?
Frank cogió con ambas manos el palo que usaba de bastón y se puso en guardia. El
Caníbal sonrió y sacó un palo que tenía escondido en el árbol que estaba justo
a su lado.
—Veo que aún estamos en tu territorio.
Frank se abalanzó sobre el Caníbal con su palo, este paró el golpe y lanzó otro que
lo paró nuevamente Frank. Frank lanzó una patada que alcanzó al Caníbal en una
pierna, y no tuvo más remedio que doblar la rodilla. Frank aprovechó para
seguir corriendo, sabía que tenía que sacarle de su territorio cuando antes,
que si salía de su territorio, a lo mejor hasta lo dejaba con vida. Pero
entonces se volvió a parar, y comenzó otra vez la lucha entre los dos.
Perdieron sus palos y comenzaron a pelearse con sus manos y piernas, a bocados.
Parecían dos animales enfurecidos. Frank le dio un golpe en el cuello y el
Caníbal cayó inerte al suelo, después Frank sacó su cuchillo, le sacó al
Caníbal el hígado y el corazón y se los comió crudos. Limpió su boca que había
quedado manchada con sangre y salió corriendo por el río. Seguramente en busca
de un refugio para pasar la noche.


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viernes 20 de enero de 2012

Carta desde el Nuevo mundo.

Hola Ana. Ya hemos llegado. Ha sido un viaje largo, pero ha merecido la pena.
Preparé toda mi ropa dos días antes de salir. En su mayor parte de algodón y
lana. Unas cómodas pero resistentes botas para la montaña, un chubasquero
verde, un par de zapatillas de goma rojas, unas gafas de sol y mi sombrero de
explorador beige. También compré dos botes de repelente para mosquitos e
insectos. Esto solo me ocupó una pequeña maleta de piel marrón. Lo difícil
sería organizar todas mis cosas y meterlas en una maleta. Pero el profesor
Pintans me recomendó coger solo muchos lápices y papel. Al lugar donde íbamos
no me harían falta; portátil, móvil, linterna, mi pequeña colección de libros
de viaje, mi kit de supervivencia, etc…
El día antes me puse la antitetánica. También fui al banco a cambiar divisa. Cambié
aproximadamente tres mil euros, unos treinta mil Yuan. Recuerdo que aquella
noche no pude dormir. Pensé mucho en ti, recordé aquella vez que te cortaste el
pelo por encima de las orejas, tu cabeza parecía un hongo, pero yo nunca te lo
dije.
Me levanté temprano, llamé a un taxi y bajé mis maletas a la calle. A los quince
minutos llegó el taxista, me ayudó a meter el equipaje en el maletero y nos
dirigimos al aeropuerto de Barajas.
Alrededor de las ocho llegué al aeropuerto. Compré el periódico que traía en portada el
cinco a cero que el Madrid le había encajado al Barça. Entré en la cafetería,
allí me estaba esperando el profesor Pintans. Hacía un año que lo conocía.
Siempre con sus vaqueros y su camisa a cuadros. Creo que solo tiene dos camisas
y dos pantalones. Siempre lleva las mismas botas desatadas. Pelirrojo y
barbilampiño, siempre con las gafas en la punta de su nariz, cuando parece que
se le van a caer, las empuja con su dedo índice hasta que las pestañas pegan
contra las lentes.
Tomamos café y nos dirigimos a nuestra puerta de embarque. Gracias a unos caramelos que
el profesor había elaborado dormimos todo el viaje.
Soñé con aquél coche en llamas. Volví a ver cómo te sacaban calcinada… Cuando
desperté, el avión estaba a punto de posar sus ruedas en el Aeropuerto
Internacional de Beijing. El profesor Pintans no despertó hasta que el piloto
llevó a cabo un brusco aterrizaje. Las cabezas de todos los pasajeros se
ladearon hacia a delante y hacia atrás.
Al entrar en las instalaciones del aeropuerto, me requisaron el periódico. “La
inspección del aeropuerto tiene derecho a comprobar todo el equipaje que entra
en China. Prohíben los viejos y deshechos materiales, alimentos, los
microorganismos, los productos biológicos, porciones del cuerpo humano, la
sangre o sus productos derivados, o los animales que pueden transmitir
enfermedades infecciosas entre seres humanos. Cualquier material impreso,
película, o cintas que sean perjudiciales para el Régimen Comunista Chino”.
Duro trabajo el de los inspectores, en un aeropuerto que recibe treinta y cinco
millones de pasajeros cada año.
También tuvimos que pagar el impuesto del aeropuerto por ventanilla, para conseguir el
recibo que era obligatorio presentar a los de seguridad y en las oficinas de
las líneas aéreas. Tardamos treinta y cinco minutos más o menos en recorrer los
treinta y siete kilómetros que separaban el aeropuerto de la ciudad. Al
limpiaparabrisas del taxi no le daba tiempo de limpiar el agua que caía en el
parabrisas.
Más de trescientos cincuenta hoteles de cinco estrellas en toda la ciudad, y el
profesor me llevó a casa de su amigo Diecho. Vivía en un antiguo Hutong que había
reformado él mismo.
Bonita ciudad la de Beijing, aunque como todas las ciudades, lo que la hace bonita son
sus gentes.
Diecho me contó que Beijing era capital del país desde el 1057 A.C. y que había tenido
diversos nombres; Ji, Zhongdu, Dadu, hasta que finalmente en 1421, el emperador
Ceng Zu de la dinastía Ming le puso el nombre de Beijing.
Aquella noche nos fuimos pronto a la cama. Al día siguiente cogeríamos una avioneta
subrepticia que nos llevaría hasta Lhasa.
Los gallos que había en el patio cacarearon temprano, nos despedimos de Diecho y le
agradecimos la estancia.
Fuimos en taxi hasta el lugar donde escondidos nos esperaban piloto y avión.
Despegamos suavemente para la longeva edad del piloto (y del avión). El
profesor me ofreció otro de sus caramelos, pero la avioneta hizo un brusco
movimiento y decidimos que era mejor hacer despiertos aquel viaje: Ningwu,
Linsia, Nagchu y finalmente llegamos a Lhasa. A decir verdad, no estaba
disfrutando mucho del viaje. Como a cualquier escritor me hubiese gustado tomar
algunas notas, cosa que no había podido hacer debido a la precipitación con la
que el profesor había preparado el viaje. Claro que tampoco podíamos
arriesgarnos a que nadie nos descubriese. La parada en Lhasa fue fugaz, apenas
dio tiempo de repostar la avioneta y comprar algunas provisiones. Me habría
encantado ver con tranquilidad la ciudad prohibida, pero lo único que pude ver
fueron unos cuantos yaks, y algunos nómadas cuando despegábamos. El viaje a
Cuttack se me hizo algo más corto, ya que el profesor empezó a contarme su
teoría (que había llevado a la práctica) de cómo ir de un mundo a otro. Teoría
que me había contado ya como cincuenta veces para que yo la fuese corrigiendo
en mis escritos, pero el profesor Pintans se la sabía de memoria, así que nunca
tenía que rectificar nada. Yo prefería dormirme.
Cuando llegamos a Cuttack, nos estaban esperando los profesores Randon y Donran, dos
hermanos nacidos en Inglaterra, pero afincados en la India desde hacía décadas.
Después de que el profesor Pintans hiciese las presentaciones, nos ayudaron con el
equipaje, lo metimos en una vieja camioneta y nos dirigimos al puerto donde
embarcamos en el submarino. Sin ningún tipo de demora zarpamos hacia las Bocas
del Ganges. La mar estaba tranquila, y por primera vez pude sentarme y escribir
algunos versos. Versos que como siempre iban dedicados a ti, ¿te acuerdas de
ellos?, seguro que sí. Como siempre, cuando terminé de escribirlos rompí la
hoja y lancé al viento los trozos de papel entintados de poesía y amor. Los
profesores no habían parado de discutir entre ellos cual era la mejor
velocidad, hacia donde soplaba el viento, se preguntaban continuamente si la
brújula estaba rota…
Al fin divisamos las Bocas del Ganges, un archipiélago de pequeñas islas casi pegadas
al continente. En ese momento el profesor Pintans le dijo al capitán que
iniciase la inmersión. El submarino hocicó bruscamente y tuve que agarrarme
para no caer al suelo. Aminoramos la velocidad a medida que nos acercábamos a
las rocas. Ya estábamos muy cerca, parecía que íbamos a chocar cuando el
capitán ordenó encender la luz de proa, fue entonces cuando divisé una cueva,
la cueva de la que tantas veces me había hablado el profesor. Cuando la
atravesáramos por fin podría conocer el nuevo mundo. Correr aventuras y
escribir cuentos fantásticos a la vez que reales, ya que ese mundo existe.
Al salir de la cueva, la luz nos cegó durante un instante, el agua estaba limpia y
clara, más que clara transparente. Un montón de peces de todos los colores
rodeaban el submarino. Salimos a la superficie y encallamos en una playa virgen
de arena dorada, pero sin ninguna palmera, solo arena, hasta unos quinientos
metros que comenzaba un frondoso bosque. Sacamos todos los bártulos y los
transportamos hasta el bosque. Después llegó el momento de romper nuestro
vínculo con el antiguo mundo. El capitán sacó un pequeño aparato del bolsillo
interior de su chaqueta. Era un detonador a distancia. La explosión del
submarino fue espectacular. Aunque más espectacular fue el pez volador que
salió del agua, no era un pez volador como los del antiguo mundo. Este era del
tamaño de un quiosco de helados, su piel gris parecía un espejo, y sus aletas
grandes y fuertes estaban completamente cubiertas de plumas, al igual que su
cola. El hocico se parecía al de un delfín. Los profesores creían que aquel ser
era mamífero. Y empezaron a discutir qué nombre ponerle. El capitán ordenó a
los tripulantes cargar con nuestras cosas y nos dispusimos a empezar nuestro
viaje por este mundo. Mi misión es la de apuntar todos los datos que me digan
los profesores, aunque la verdadera razón por la que acepté unirme a esa panda
de locos fue la de escribir historias que alguna vez espero contarte.


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miércoles 17 de agosto de 2011

Leonell, el elfo de las estrellas.

Leonell estaba sumido en un aletargado estado de
depresión, sentado a orillas del mismo río el elfo tenía la cabeza
hundida entre sus manos, y escudriñaba sus pensamientos en
busca de fuerza para llevar a cabo su empresa.

“Sus ojos estaban cegados por los rayos de sol que penetraban entre las
adelfas, estas eran de flores rosas y blancas. El agua del río Caldara
murmuraba secretos de otros tiempos, las lluvias invernales habían terminado
hace unos días y el aire revelaba el olor a tierra mojada. Mistina apareció
entre dos zarzamoras, con el vestido de seda blanco remangado por las
rodillas, con los pies zambullidos en el río. Sus picudas orejas asomaban entre
sus cabellos sueltos que bailaban al son del viento. A Leonell se le aceleró el
corazón mientras metía la mano en su bolsillo para buscar el anillo.”

Un gamo cruzó el Caldara chapoteando ruidosamente, Leonell
despertó de sus pensamientos, suspiró consternado y se puso en
pie para seguir su camino. El sol brillaba con fuerza sobre el
bosque y una suave brisa mezclaba los olores estivales. Leonell se
detuvo un momento a la orilla del rio. Agachándose puso sus
manos en forma de cuenco, las llenó de agua y se refrescó la cara
tras beber un poco. Mientras que el agua le refrescaba la garganta,
el viento que rozaba con las hojas del bosque le trajo un mensaje
de alerta. El elfo dio un salto y fue a esconderse. Agudizó la vista,
a no más de quinientos metros estaba aquel ser despreciable,
Bradok, uno de los enanos que andaba buscando. Leonell se
desplazó con destreza entre los árboles sin hacer ruido. Cuando
estuvo a unos cien metros de Bradok se detuvo escondiéndose
tras una adelfa, miró entre las hojas empuñando su arco y llevó la
mano hacia su espalda para coger una flecha, pasó las plumas
entre sus labios para posteriormente cargar su arma. Cerró los
ojos concentrando sus oídos en el viento que le venía de cara.
Mientras tensaba su arco recordó a Bradok rompiendo la puerta
de su casa en la aldea.

Sus ojos se abrieron al mismo tiempo que soltaba la flecha,
esta voló decidida hasta penetrar a través del ojo del enano que
cayó inerte al suelo.

Leonell siguió su camino sin ni siquiera pararse a mirar al
enano que yacía junto a su hacha, la cual no le había dado tiempo
de usar.

Anduvo río arriba hasta llegar al Lugar Sagrado de Eleonor.
Antaño había sido donde se celebraban los rituales religiosos de
los elfos de la aldea.

“Leonell iba vestido con su túnica verde, concedida por sus conocimientos
medicinales. La suerte le sonreía, hace dos años le otorgaron el título de
curandero y ahora estaba a punto de unir su espíritu al de su amada.
Mistina llevaba el pelo recogido, un hermoso vestido celeste se ceñía
vigorosamente a su cintura. Andaba despacio, entre las blancas columnas, con
la mirada fija en Leonell, que la esperaba en el altar de mármol blanco junto
al Rey Enwhen, encargado de celebrar la ceremonia”.


Tras echar un ligero vistazo, Leonell vio que el Lugar Sagrado
ya no tenía nada que ver con el de antes. Sus columnas de mármol
cándido estaban carcomidas por el moho, y las hiedras se estaban
apoderando poco a poco de toda la arquitectura. El altar en el que
tomó por esposa a Mistina estaba lleno de sangre y cubierto de
cadáveres de elfos.

Leonell anduvo cautelosamente hasta la entrada del pueblo. En
la plaza había tres enanos cantando, cada uno llevaba una jarra de
cerveza en la mano. Deslizándose furtivamente haciendo gala del
silencioso caminar de los elfos, atravesó la aldea hasta llegar a su
antigua casa. Asomó la cabeza por la ventana agudizando el oído
hasta asegurarse de que ningún patoso enano moraba en la
vivienda. Atravesando la abertura entró en el hogar y fue hasta el
salón, una vez allí se sentó en una silla, en la misma silla.

“Riastle estaba jugando con unas figuras de madera de arce junto a la
chimenea del salón. Leonell sentado en su silla lo miraba maravillado. El
niño había hecho esas figuras con su magia, y solo contaba con veinte años de
edad. Al otro lado de la chimenea estaba Mistina, tenía la barriga hinchada
debido a su embarazo, nacería una hermana para Riastle.
De pronto sonó un fuerte golpe en la puerta, los tres elfos se miraron
asustados. Un segundo golpe retumbó más fuerte e hizo que Leonell se pusiera
en pie. Al tercer golpe una gigantesca hacha atravesó la puerta haciéndola
pedazos. Bradok no tardó en entrar a la casa. Tras amenazar a sus inocentes
habitantes les obligó a salir fuera. En el centro de la aldea había una hoguera,
los elfos adultos estaban tirados en el suelo, y las mujeres y los niños estaban
puestos alrededor del fuego. Un enano se llevó a Riastle y a Mistina. Leonell
fue a impedirlo, pero recibió un fuerte golpe en la cabeza y se desplomó
inconsciente”.


Leonell se puso en pie y empuñando su espada golpeó con
furia la silla y la hizo añicos. En aquel momento deseaba tener
poderes mágicos para destruir y no solo para curar. Lo que iba a
llevar a cabo era despiadado, probablemente se convertiría en un
elfo oscuro tras lograr su hazaña, pero ya no había vuelta atrás. Ya
había comenzado la matanza. Nunca supo como escapó del
exterminio al que los enanos sometieron a la aldea. Los trovadores
dicen que fue su caballo Avregap el que lo salvó llevándolo a una
aldea vecina. En sus canciones cuentan que el caballo es mágico, y
tras rescatar a su amo voló hasta las estrellas para velar por él.

Leonell nunca había creído en estas historias, pero cuando
salió de la casa empuñando su espada miró al cielo suplicando
ayuda a Avregap. Los enanos no se percataron de su presencia.
Estaban avivando el fuego con leña, el fuego que antes fue
alimentado con los cuerpos de las mujeres y los niños elfos de la
aldea. Los adultos eran empleados como esclavos en los campos
de cultivo, torturados por los enanos que los hacían trabajar hasta
morir de agotamiento.

El elfo dio tres pasos y lanzó un grito enrabietado que pudo
escucharse en toda la aldea. Los enanos que estaban alrededor de
la hoguera se volvieron hacia él, y los que estaban dentro de las
casas salieron alarmados y sin armadura. Algunos incluso salieron
sin su hacha. Leonell corrió hasta la casa más cercana de la cual
habían salido dos enanos, estos se quedaron paralizados y de una
sola estocada la espada del elfo degolló a las dos criaturas. Los
enanos que estaban en la hoguera corrieron hacia Leonell
blandiendo sus hachas, y tras ellos una veintena de enanos
aceleraban el paso para intervenir en la contienda. El elfo clavó su
espada en el suelo y sacó su arco, con una rapidez vertiginosa sacó
siete flechas, de una en una y las disparó acertando en la tez de los
siete enanos que tenían armadura. Al quedarse sin flechas tiró su
arco y sacó su espada de la tierra, abalanzándose sobre los veinte
enanos que quedaban. Rebanó un cuello, amputó una pierna,
recibió un golpe en la cabeza y cayó al suelo perdiendo su espada.
Los enanos la emprendieron a patadas con él, logró recuperar su
espada, y se puso en pie dando un salto. Giró sobre si mismo
enarbolando su espada y se quitó de en medio a otros cinco
enanos. De pronto sintió un golpe en el costado que lo dejó sin
respiración y que le hizo caer al suelo de nuevo. Al abrir los ojos
vio como el enano levantaba un hacha gigantesca, pero en vez de
rebanarle el pescuezo, el enano se quedó absorto mirando al
frente. Un fragor se escuchó en los confines del cielo y un fulgor
iluminó todo lo visible, rayos caían y atravesaban a los enanos
derrumbándolos. Leonell se levantó y se giró para contemplar
aquél fenómeno, pero lo único que vio fue a Avregap, el caballo
mágico. Agitaba sus alas mientras se posaba en el suelo. El elfo
recordó que aún quedaban enanos vivos, tenía que terminar con
su venganza. Al voltearse observó que solamente había dos
enanos en pie, estos estaban mirando a Avregap y no se movían.
Leonell se quedó quieto. Quería matarlos, pero no podía. Algo se
lo impedía. Dos rayos cayeron y fulminaron a los dos enanos que
aún quedaban con vida.

Leonell arrojó su espada al suelo y se arrodilló junto a la fogata
cantando una canción a las almas que allí habían perecido.
Avregap lo esperó pacientemente hasta que el elfo se puso en pie
y subió a lomos del caballo alado. Avregap giró sobre sí mismo y
comenzó a trotar. Cuando hubo alcanzado la velocidad apropiada
abrió sus alas agitándolas fuertemente hasta que emprendió el
vuelo. Se elevó hasta lo más alto del cielo, perdiéndose entre las
estrellas por siempre jamás y dejando esta historia en la memoria
de todos los elfos.



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domingo 19 de junio de 2011

El zorro de sangre fría.

Sintiendo el despecho de tu alma
entre los almendros corro,
corro, corro, corro... hasta llegar al río.

Una rana salta y la aprieto en mi palma,
entre las adelfas veo a un zorro,
el anfibio no tiene alma, su interior está frío.

El rocío helado cubrió el campo,
el olivar se tiñó de blanco
y tu amor...

Como siempre tu amor patizambo
sigue sentado en aquel banco,
y mi amor...

En la besana el sudor cae por mi frente,
paso la vida deambulando entre olivares,
viéndote pasar... pasar.

En las fiestas te busco entre la gente,
te canto una coplilla de verdiales,
siempre viéndote pasar.

Afortunado sea el cabrero,
mi amigo, al que envidio
porque tu gloria tiene ganada.

Por ti yo me tiro al albero,
con la espada mi dolor alivio,
arrollando la amistad arada.