viernes 27 de enero de 2012

Después de 30 años.

Hola Sara. Espero que estés bien. Sé que hace casi treinta años que no hablo contigo
y que una carta no es el mejor modo de retomar nuestra relación. Pero hace poco
que regresé de un fantástico viaje que me ha dejado muy consternada y necesito
contárselo a alguien, además, creo que hay mucho que decir entre nosotras. Al
fin y al cabo… eras mi mejor amiga.
Lo primero que me gustaría decirte es que ya he olvidado lo de Pedro, aunque aún
tengo su foto en mi mesita de noche. El amor surgió entre vosotros, y he
aprendido que eso es bueno. No siempre se tiene la suerte de encontrarlo.
Aunque estuve triste durante mucho tiempo, ahora me alegro por vosotros.
Ya sabes que nunca me ha gustado el frío, así que cuando me marché de La Alberca
fui a Málaga, a disfrutar de su clima cálido. Recuerdo muy bien aquel quince de
septiembre del año 1973. Las nevadas se adelantaron y la plaza del pueblo
estaba completamente blanca. Llevaba una sola maleta azul, aunque tuve que
cargar con ella ya que no avisé a nadie de que me iba. Al entrar en la estación
de autobuses me quité la ropa de abrigo. Debido a la nevada el autobús salía
con retraso, así que me senté en la cafetería. Apenada cogí el periódico local
e intenté leerlo, aunque mis pensamientos se fueron hacia Pedro. Recordando los
paseos por la avenida de los abedules. Pedro sabía que yo no soportaba el frío
y me rodeaba con sus brazos apretándome fuertemente contra él.
Al fin consiguieron quitar la nieve de la carretera. Subí al autobús y emprendí el
viaje hacia Málaga. El autobús se iba alejando y yo intentaba que mis recuerdos
quedasen allí, aunque no fue así. Estuve contemplando el paisaje, su verde
follaje entremezclado con las rocas del Peñón de Francia.
Cuando desperté al día siguiente el autobús ya estaba entrando en la provincia de
Málaga. El paisaje era completamente diferente, casi desértico. Sus tierras
eran completamente marrones y su vegetación rubia como la cerveza. El sol
pasaba a través del cristal de la ventanilla y me calentaba la cara.
En la estación me estaba esperando el Sr. Ramírez, director del hotel en el que iba a
trabajar. Llevaba un traje gris y un sombrero del mismo color que ocultaba la
mayor parte de su cabellera gris. De su mano colgaba un maletín de piel marrón,
seguramente lleno de documentos.
Me instalé en el 4º A de un pisito de Ciudad Jardín, un modesto barrio de la
ciudad Malacitana. La avenida principal estaba llena de naranjos, y los
jardines de las casas rebosantes de flores. Mis vecinos eran todos muy amables,
sobre todo la Sr. Amalia, que vivía en el 5º C. a menudo bajaba envuelta en su
bata azul y con su cabeza llena de rulos. Me pedía un poco de algún condimento
para la comida y me ponía al día de los chismes del patio.

Cuando entré en casa por primera vez, cerré la puerta, solté la maleta y me quedé
parada, observando, oliendo el aire húmedo que desprendía la vivienda, la
madera vieja y el habitáculo cerrado. Abrí la ventana y el sol entró de forma
descontrolada haciéndome girar la cabeza de forma repentina.
Las calles estaban iluminadas por la Navidad. De los escaparates de las tiendas
colgaban campanitas plateadas, estrellas brillantes, piñas doradas… Hacía frío,
pero no tanto como en Salamanca, apenas llevaba un abrigo y un jersey. Esta era
la primera Navidad en la que no tendría que comprar regalos. Entré en el piso y
cerré la puerta. En la habitación solo se oía el tictac del reloj que había
comprado unos días antes. Me senté en la cama y me puse a mirar la foto que
tenía de Pablo en la mesita de noche.
Llevaba seis meses en la ciudad y aún no había hecho ninguna amistad, no por el
carácter de la gente. Aquí todo el mundo es muy abierto y sencillo. Es solo que
no tenía ganas de intimar con nadie. Los domingos solía ir a pasear por la
finca La Virreina, en marzo el sol calienta solo lo justo. Puedes dar placidos
paseos al atardecer sin soltar una sola gota de sudor.
Todo era bastante normal y rutinario en mi vida, pero entonces hubo un día especial,
el veintiocho de marzo de 1974. De diez a diez y media, era la hora del
desayuno. Yo me sentaba en la cafetería, tomaba un café irlandés y leía el
periódico local. Normalmente noticias de economía, del régimen, de futbol y de
toros. Pero ese día, el periódico tenía en portada una foto de varios ovnis, y el titular decía “EXCLUSIVA MUNDIAL, FOTOGRAFÍAS DE OVNIS EN FORMACIÓN”. Leí el reportaje por encima, los ovnis habían sido vistos cerca de mi casa, en la carretera de las pedrizas. Por lo visto había varios espectadores del suceso. Uno de ellos decía que cuando las luces se acercaron
al suelo pudo hacer un cálculo aproximado de su longitud comparándolo con los árboles y alguna que otra casa de la finca La Virreina. El testigo decía que los ovnis medían aproximadamente cien metros, y que un halo de luz los envolvía por completo. Eran alargados, casi con la misma forma de un puro. También decían que habían desaparecido a la altura del pantano Del Agujero.
Ese día no fue muy concurrido en el hotel, un par de clientes dejaron sus habitaciones
y les extendí la factura correspondiente. A las ocho llegó María para relevarme
y yo me marché a casa.

Estaba muy oscuro, a penas si podía distinguir el suelo de la pared, pero seguí
avanzando. Mi mano iba rozando la rugosa pared, y mis pies tropezando uno con
otro. Aquella extraña luz azulada estaba cada vez más cerca, y yo seguí
avanzando hacia ella. No sabía lo que era, pero tenía que ser una nave
espacial, porque podía notar su frecuencia alfa, aunque no sé qué es eso. De
pronto escuché un extraño ruido, como un crujir de ramas, pero dentro de
aquella cueva no había ningún árbol. Tropecé y caí sobre el fresco césped. No
había nada a mi alrededor salvo aquel gran árbol metálico. Sí, metálico. No
tenía hojas, solo un montón de ramas enrevesadas. Era enteramente de hierro
cromado. La luz se reflejaba en él, poco a poco se fue haciendo más y más
molesta hasta que una gran bola de luz se formó delante de mí. A medida que la
bola iba creciendo quemaba el césped que encontraba a su paso. De pronto la
bola empezó a avanzar hacia mí, y yo comencé a saltar de estrella en estrella,
por más que corría, la bola más se acercaba a mí. Al fin me desperté
aterrorizada. Era la peor pesadilla que había tenido desde hacía años.
Me levanté y fui al servicio. La taza estaba tan helada que un escalofrío me
recorrió todo el cuerpo cuando mis glúteos se pusieron en contacto con ella.
Después abrí el grifo del lavabo que echaba un tenue chorrito de agua y bebí
unos cuantos sorbos. Volví a la cama, miré mi reloj que no había dejado de
hacer tictac en toda la noche. Las agujas marcaban las cinco de la madrugada.
Tiré de las mantas y me arropé hasta la nariz, luego me puse en posición fetal
y metí mi cabeza bajo las mantas. Empecé a dar vueltas y vueltas, una y otra vez
se me venía mi sueño a la retina, y me acordé del titular que había leído por
la mañana en el periódico. ¿Y si de verdad habían aterrizado los
extraterrestres? Empecé a sudar, me desprendí de una manta y seguí dando vueltas en la cama. ¿Y si fuera a echar un vistazo?, pronto amanecería. Me incorporé de golpe, encendí la luz. El reloj marcaba las seis menos cuarto.
Impulsada no sé por qué, me vestí a toda prisa con mi chándal azul marino. Tres
rayitas blancas lo atravesaban por las mangas y por el lateral de los pantalones.
Cogí la linterna de las pilas “Cegasa” y mi bicicleta color café.
Inmediatamente me puse en camino hacia el pantano del agujero.
Salí del portal empujando mi bicicleta. El relente de la noche penetró en mi cuerpo
cual espíritu de ultratumba. Subí en la bici y me puse a pedalear con fuerza
para quitarme el frío, y para que la dinamo produjese la suficiente energía
como para encender el faro de la bici. Tardé relativamente poco en llegar hasta
el camino que conducía al pantano, ahora, dicho camino era más pronunciado, y
si no fuera porque había luna llena no hubiese visto la carretera, ya que tuve
que empujar la bicicleta y la dinamo ya no producía energía suficiente. Cuando
llegué a lo más alto, el alba asomaba por los montes de la finca Quintana. Dejé
la bici en un lado, miré al agua y pude ver el reflejo de la luna llena y el de
una estrella que había a su vera. Miré al cielo y vi la luna, pero… no había
ninguna estrella a su lado. Miré repetidas veces al pantano y al cielo, no
había nada junto a la luna, pero en su reflejo seguía estando esa luz. Era como
un pequeño grano comparada con el tamaño de la luna. Pensé que fuera lo que
fuese tendría que estar bajo el agua, así que decidí bajar por la ladera a ver
si conseguía averiguar qué era aquello. Apenas había dado dos pasos me resbalé
con las hojas secas que había en el suelo, mi espalda se golpeó fuertemente
contra el piso y me deslicé varios metros. Me levanté dolorida y apagué la
linterna. Mis ojo se habían acostumbrado a la luz del alba, aunque lo veía todo
de un color grisáceo podía distinguir las figuras de un color más negro. Caminé
hacia el agua, sentía una extraña sensación de angustia y aminoré el paso.
Notaba la presencia de alguien y me giré para no ver a nadie. Iba andando hacia
la luz sumergida, noté como alguien o algo respiraba tras de mí y caí al suelo.
Una extraña y deforme figura estaba tras de mí. El corazón se me aceleró y me
levanté rápidamente echando a correr. No sabía si iba cuesta arriba o cuesta
abajo. Solo corría y corría. Por mi mente pasaba la imagen de esa horrible
cosa. También vi el árbol metálico de mi sueño y a ti y a Pedro cogidos de la
mano por el paseo de abedules. Más tarde eso me haría comprender lo importante
que habéis sido en mi vida, y olvidar el enfado y el dolor que me hacíais
sentir.
Cuando el suelo desapareció de debajo de mis pies dejé de correr para caer por un
agujero, pegué con mis glúteos en el suelo, pero me hice mucho daño. Me levanté
y me di cuenta de que había perdido la linterna. Entonces distinguí una luz,
estiré los brazos y di unos cuantos pasos hasta que conseguí tocar una pared.
Era lisa y suave, seguramente estaría cubierta de musgo. Muy lentamente fui caminando hacia la tenue luz, que poco a poco se fue volviendo más densa. Cuando ya estaba muy cerca de ella distinguí la salida del corredor en el que estaba, la salida del corredor de la oscuridad
para entrar en el corredor de la luz. Al principio pensé que estaba muerta y
que aquella era la luz que me mostraba el camino al cielo, pero luego vi el
agua, miré hacia arriba y pude ver la luna. Aquel pasillo fabricado a base de
una luz blanca estaba bajo el agua del pantano, y yo dentro de él. Avancé
despacio pero decidida. La paz me embriagó dentro de aquella luz blanca. El
pasillo terminó desembocando en una bola de luz mucho más intensa. Escuché como
un extraño suspiro y una puerta se abrió ante mí. El lugar era muy raro, todo
de color blanco y su decoración estaba compuesta sólo por figuras redondas.
Volví a escuchar ese suspiro y las puertas se cerraron. Entonces la estancia
empezó a brillar y tuve que cerrar los ojos. Me agarraron de los brazos… logré
abrir un poco los ojos y distinguir a dos criaturas, eran iguales a la que
había visto momentos antes corriendo tras de mí en el pantano. Las criaturas me
arrastraron por el suelo hasta tenderme en una especie de tarima. Luego noté
como me agarraban muchos más de esos seres y clavaban agujas por todo mi
cuerpo, después me quedé dormida.
Desperté hace dos días junto al pantano. Me encontraron unos pescadores. Me gustaría
volver a verte Sara. Toda la gente que conocía aquí está muerta y yo sigo
teniendo veinte años, cuando debería tener cincuenta. Por cierto, estoy
embarazada de ocho meses… y no sé de quién o de qué.

Tu amiga que te echa de menos.

María Espinoza.
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