Hola Ana. Ya hemos llegado. Ha sido un viaje largo, pero ha merecido la pena.
Preparé toda mi ropa dos días antes de salir. En su mayor parte de algodón y
lana. Unas cómodas pero resistentes botas para la montaña, un chubasquero
verde, un par de zapatillas de goma rojas, unas gafas de sol y mi sombrero de
explorador beige. También compré dos botes de repelente para mosquitos e
insectos. Esto solo me ocupó una pequeña maleta de piel marrón. Lo difícil
sería organizar todas mis cosas y meterlas en una maleta. Pero el profesor
Pintans me recomendó coger solo muchos lápices y papel. Al lugar donde íbamos
no me harían falta; portátil, móvil, linterna, mi pequeña colección de libros
de viaje, mi kit de supervivencia, etc…
El día antes me puse la antitetánica. También fui al banco a cambiar divisa. Cambié
aproximadamente tres mil euros, unos treinta mil Yuan. Recuerdo que aquella
noche no pude dormir. Pensé mucho en ti, recordé aquella vez que te cortaste el
pelo por encima de las orejas, tu cabeza parecía un hongo, pero yo nunca te lo
dije.
Me levanté temprano, llamé a un taxi y bajé mis maletas a la calle. A los quince
minutos llegó el taxista, me ayudó a meter el equipaje en el maletero y nos
dirigimos al aeropuerto de Barajas.
Alrededor de las ocho llegué al aeropuerto. Compré el periódico que traía en portada el
cinco a cero que el Madrid le había encajado al Barça. Entré en la cafetería,
allí me estaba esperando el profesor Pintans. Hacía un año que lo conocía.
Siempre con sus vaqueros y su camisa a cuadros. Creo que solo tiene dos camisas
y dos pantalones. Siempre lleva las mismas botas desatadas. Pelirrojo y
barbilampiño, siempre con las gafas en la punta de su nariz, cuando parece que
se le van a caer, las empuja con su dedo índice hasta que las pestañas pegan
contra las lentes.
Tomamos café y nos dirigimos a nuestra puerta de embarque. Gracias a unos caramelos que
el profesor había elaborado dormimos todo el viaje.
Soñé con aquél coche en llamas. Volví a ver cómo te sacaban calcinada… Cuando
desperté, el avión estaba a punto de posar sus ruedas en el Aeropuerto
Internacional de Beijing. El profesor Pintans no despertó hasta que el piloto
llevó a cabo un brusco aterrizaje. Las cabezas de todos los pasajeros se
ladearon hacia a delante y hacia atrás.
Al entrar en las instalaciones del aeropuerto, me requisaron el periódico. “La
inspección del aeropuerto tiene derecho a comprobar todo el equipaje que entra
en China. Prohíben los viejos y deshechos materiales, alimentos, los
microorganismos, los productos biológicos, porciones del cuerpo humano, la
sangre o sus productos derivados, o los animales que pueden transmitir
enfermedades infecciosas entre seres humanos. Cualquier material impreso,
película, o cintas que sean perjudiciales para el Régimen Comunista Chino”.
Duro trabajo el de los inspectores, en un aeropuerto que recibe treinta y cinco
millones de pasajeros cada año.
También tuvimos que pagar el impuesto del aeropuerto por ventanilla, para conseguir el
recibo que era obligatorio presentar a los de seguridad y en las oficinas de
las líneas aéreas. Tardamos treinta y cinco minutos más o menos en recorrer los
treinta y siete kilómetros que separaban el aeropuerto de la ciudad. Al
limpiaparabrisas del taxi no le daba tiempo de limpiar el agua que caía en el
parabrisas.
Más de trescientos cincuenta hoteles de cinco estrellas en toda la ciudad, y el
profesor me llevó a casa de su amigo Diecho. Vivía en un antiguo Hutong que había
reformado él mismo.
Bonita ciudad la de Beijing, aunque como todas las ciudades, lo que la hace bonita son
sus gentes.
Diecho me contó que Beijing era capital del país desde el 1057 A.C. y que había tenido
diversos nombres; Ji, Zhongdu, Dadu, hasta que finalmente en 1421, el emperador
Ceng Zu de la dinastía Ming le puso el nombre de Beijing.
Aquella noche nos fuimos pronto a la cama. Al día siguiente cogeríamos una avioneta
subrepticia que nos llevaría hasta Lhasa.
Los gallos que había en el patio cacarearon temprano, nos despedimos de Diecho y le
agradecimos la estancia.
Fuimos en taxi hasta el lugar donde escondidos nos esperaban piloto y avión.
Despegamos suavemente para la longeva edad del piloto (y del avión). El
profesor me ofreció otro de sus caramelos, pero la avioneta hizo un brusco
movimiento y decidimos que era mejor hacer despiertos aquel viaje: Ningwu,
Linsia, Nagchu y finalmente llegamos a Lhasa. A decir verdad, no estaba
disfrutando mucho del viaje. Como a cualquier escritor me hubiese gustado tomar
algunas notas, cosa que no había podido hacer debido a la precipitación con la
que el profesor había preparado el viaje. Claro que tampoco podíamos
arriesgarnos a que nadie nos descubriese. La parada en Lhasa fue fugaz, apenas
dio tiempo de repostar la avioneta y comprar algunas provisiones. Me habría
encantado ver con tranquilidad la ciudad prohibida, pero lo único que pude ver
fueron unos cuantos yaks, y algunos nómadas cuando despegábamos. El viaje a
Cuttack se me hizo algo más corto, ya que el profesor empezó a contarme su
teoría (que había llevado a la práctica) de cómo ir de un mundo a otro. Teoría
que me había contado ya como cincuenta veces para que yo la fuese corrigiendo
en mis escritos, pero el profesor Pintans se la sabía de memoria, así que nunca
tenía que rectificar nada. Yo prefería dormirme.
Cuando llegamos a Cuttack, nos estaban esperando los profesores Randon y Donran, dos
hermanos nacidos en Inglaterra, pero afincados en la India desde hacía décadas.
Después de que el profesor Pintans hiciese las presentaciones, nos ayudaron con el
equipaje, lo metimos en una vieja camioneta y nos dirigimos al puerto donde
embarcamos en el submarino. Sin ningún tipo de demora zarpamos hacia las Bocas
del Ganges. La mar estaba tranquila, y por primera vez pude sentarme y escribir
algunos versos. Versos que como siempre iban dedicados a ti, ¿te acuerdas de
ellos?, seguro que sí. Como siempre, cuando terminé de escribirlos rompí la
hoja y lancé al viento los trozos de papel entintados de poesía y amor. Los
profesores no habían parado de discutir entre ellos cual era la mejor
velocidad, hacia donde soplaba el viento, se preguntaban continuamente si la
brújula estaba rota…
Al fin divisamos las Bocas del Ganges, un archipiélago de pequeñas islas casi pegadas
al continente. En ese momento el profesor Pintans le dijo al capitán que
iniciase la inmersión. El submarino hocicó bruscamente y tuve que agarrarme
para no caer al suelo. Aminoramos la velocidad a medida que nos acercábamos a
las rocas. Ya estábamos muy cerca, parecía que íbamos a chocar cuando el
capitán ordenó encender la luz de proa, fue entonces cuando divisé una cueva,
la cueva de la que tantas veces me había hablado el profesor. Cuando la
atravesáramos por fin podría conocer el nuevo mundo. Correr aventuras y
escribir cuentos fantásticos a la vez que reales, ya que ese mundo existe.
Al salir de la cueva, la luz nos cegó durante un instante, el agua estaba limpia y
clara, más que clara transparente. Un montón de peces de todos los colores
rodeaban el submarino. Salimos a la superficie y encallamos en una playa virgen
de arena dorada, pero sin ninguna palmera, solo arena, hasta unos quinientos
metros que comenzaba un frondoso bosque. Sacamos todos los bártulos y los
transportamos hasta el bosque. Después llegó el momento de romper nuestro
vínculo con el antiguo mundo. El capitán sacó un pequeño aparato del bolsillo
interior de su chaqueta. Era un detonador a distancia. La explosión del
submarino fue espectacular. Aunque más espectacular fue el pez volador que
salió del agua, no era un pez volador como los del antiguo mundo. Este era del
tamaño de un quiosco de helados, su piel gris parecía un espejo, y sus aletas
grandes y fuertes estaban completamente cubiertas de plumas, al igual que su
cola. El hocico se parecía al de un delfín. Los profesores creían que aquel ser
era mamífero. Y empezaron a discutir qué nombre ponerle. El capitán ordenó a
los tripulantes cargar con nuestras cosas y nos dispusimos a empezar nuestro
viaje por este mundo. Mi misión es la de apuntar todos los datos que me digan
los profesores, aunque la verdadera razón por la que acepté unirme a esa panda
de locos fue la de escribir historias que alguna vez espero contarte.
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