miércoles 17 de agosto de 2011

Leonell, el elfo de las estrellas.

Leonell estaba sumido en un aletargado estado de
depresión, sentado a orillas del mismo río el elfo tenía la cabeza
hundida entre sus manos, y escudriñaba sus pensamientos en
busca de fuerza para llevar a cabo su empresa.

“Sus ojos estaban cegados por los rayos de sol que penetraban entre las
adelfas, estas eran de flores rosas y blancas. El agua del río Caldara
murmuraba secretos de otros tiempos, las lluvias invernales habían terminado
hace unos días y el aire revelaba el olor a tierra mojada. Mistina apareció
entre dos zarzamoras, con el vestido de seda blanco remangado por las
rodillas, con los pies zambullidos en el río. Sus picudas orejas asomaban entre
sus cabellos sueltos que bailaban al son del viento. A Leonell se le aceleró el
corazón mientras metía la mano en su bolsillo para buscar el anillo.”

Un gamo cruzó el Caldara chapoteando ruidosamente, Leonell
despertó de sus pensamientos, suspiró consternado y se puso en
pie para seguir su camino. El sol brillaba con fuerza sobre el
bosque y una suave brisa mezclaba los olores estivales. Leonell se
detuvo un momento a la orilla del rio. Agachándose puso sus
manos en forma de cuenco, las llenó de agua y se refrescó la cara
tras beber un poco. Mientras que el agua le refrescaba la garganta,
el viento que rozaba con las hojas del bosque le trajo un mensaje
de alerta. El elfo dio un salto y fue a esconderse. Agudizó la vista,
a no más de quinientos metros estaba aquel ser despreciable,
Bradok, uno de los enanos que andaba buscando. Leonell se
desplazó con destreza entre los árboles sin hacer ruido. Cuando
estuvo a unos cien metros de Bradok se detuvo escondiéndose
tras una adelfa, miró entre las hojas empuñando su arco y llevó la
mano hacia su espalda para coger una flecha, pasó las plumas
entre sus labios para posteriormente cargar su arma. Cerró los
ojos concentrando sus oídos en el viento que le venía de cara.
Mientras tensaba su arco recordó a Bradok rompiendo la puerta
de su casa en la aldea.

Sus ojos se abrieron al mismo tiempo que soltaba la flecha,
esta voló decidida hasta penetrar a través del ojo del enano que
cayó inerte al suelo.

Leonell siguió su camino sin ni siquiera pararse a mirar al
enano que yacía junto a su hacha, la cual no le había dado tiempo
de usar.

Anduvo río arriba hasta llegar al Lugar Sagrado de Eleonor.
Antaño había sido donde se celebraban los rituales religiosos de
los elfos de la aldea.

“Leonell iba vestido con su túnica verde, concedida por sus conocimientos
medicinales. La suerte le sonreía, hace dos años le otorgaron el título de
curandero y ahora estaba a punto de unir su espíritu al de su amada.
Mistina llevaba el pelo recogido, un hermoso vestido celeste se ceñía
vigorosamente a su cintura. Andaba despacio, entre las blancas columnas, con
la mirada fija en Leonell, que la esperaba en el altar de mármol blanco junto
al Rey Enwhen, encargado de celebrar la ceremonia”.


Tras echar un ligero vistazo, Leonell vio que el Lugar Sagrado
ya no tenía nada que ver con el de antes. Sus columnas de mármol
cándido estaban carcomidas por el moho, y las hiedras se estaban
apoderando poco a poco de toda la arquitectura. El altar en el que
tomó por esposa a Mistina estaba lleno de sangre y cubierto de
cadáveres de elfos.

Leonell anduvo cautelosamente hasta la entrada del pueblo. En
la plaza había tres enanos cantando, cada uno llevaba una jarra de
cerveza en la mano. Deslizándose furtivamente haciendo gala del
silencioso caminar de los elfos, atravesó la aldea hasta llegar a su
antigua casa. Asomó la cabeza por la ventana agudizando el oído
hasta asegurarse de que ningún patoso enano moraba en la
vivienda. Atravesando la abertura entró en el hogar y fue hasta el
salón, una vez allí se sentó en una silla, en la misma silla.

“Riastle estaba jugando con unas figuras de madera de arce junto a la
chimenea del salón. Leonell sentado en su silla lo miraba maravillado. El
niño había hecho esas figuras con su magia, y solo contaba con veinte años de
edad. Al otro lado de la chimenea estaba Mistina, tenía la barriga hinchada
debido a su embarazo, nacería una hermana para Riastle.
De pronto sonó un fuerte golpe en la puerta, los tres elfos se miraron
asustados. Un segundo golpe retumbó más fuerte e hizo que Leonell se pusiera
en pie. Al tercer golpe una gigantesca hacha atravesó la puerta haciéndola
pedazos. Bradok no tardó en entrar a la casa. Tras amenazar a sus inocentes
habitantes les obligó a salir fuera. En el centro de la aldea había una hoguera,
los elfos adultos estaban tirados en el suelo, y las mujeres y los niños estaban
puestos alrededor del fuego. Un enano se llevó a Riastle y a Mistina. Leonell
fue a impedirlo, pero recibió un fuerte golpe en la cabeza y se desplomó
inconsciente”.


Leonell se puso en pie y empuñando su espada golpeó con
furia la silla y la hizo añicos. En aquel momento deseaba tener
poderes mágicos para destruir y no solo para curar. Lo que iba a
llevar a cabo era despiadado, probablemente se convertiría en un
elfo oscuro tras lograr su hazaña, pero ya no había vuelta atrás. Ya
había comenzado la matanza. Nunca supo como escapó del
exterminio al que los enanos sometieron a la aldea. Los trovadores
dicen que fue su caballo Avregap el que lo salvó llevándolo a una
aldea vecina. En sus canciones cuentan que el caballo es mágico, y
tras rescatar a su amo voló hasta las estrellas para velar por él.

Leonell nunca había creído en estas historias, pero cuando
salió de la casa empuñando su espada miró al cielo suplicando
ayuda a Avregap. Los enanos no se percataron de su presencia.
Estaban avivando el fuego con leña, el fuego que antes fue
alimentado con los cuerpos de las mujeres y los niños elfos de la
aldea. Los adultos eran empleados como esclavos en los campos
de cultivo, torturados por los enanos que los hacían trabajar hasta
morir de agotamiento.

El elfo dio tres pasos y lanzó un grito enrabietado que pudo
escucharse en toda la aldea. Los enanos que estaban alrededor de
la hoguera se volvieron hacia él, y los que estaban dentro de las
casas salieron alarmados y sin armadura. Algunos incluso salieron
sin su hacha. Leonell corrió hasta la casa más cercana de la cual
habían salido dos enanos, estos se quedaron paralizados y de una
sola estocada la espada del elfo degolló a las dos criaturas. Los
enanos que estaban en la hoguera corrieron hacia Leonell
blandiendo sus hachas, y tras ellos una veintena de enanos
aceleraban el paso para intervenir en la contienda. El elfo clavó su
espada en el suelo y sacó su arco, con una rapidez vertiginosa sacó
siete flechas, de una en una y las disparó acertando en la tez de los
siete enanos que tenían armadura. Al quedarse sin flechas tiró su
arco y sacó su espada de la tierra, abalanzándose sobre los veinte
enanos que quedaban. Rebanó un cuello, amputó una pierna,
recibió un golpe en la cabeza y cayó al suelo perdiendo su espada.
Los enanos la emprendieron a patadas con él, logró recuperar su
espada, y se puso en pie dando un salto. Giró sobre si mismo
enarbolando su espada y se quitó de en medio a otros cinco
enanos. De pronto sintió un golpe en el costado que lo dejó sin
respiración y que le hizo caer al suelo de nuevo. Al abrir los ojos
vio como el enano levantaba un hacha gigantesca, pero en vez de
rebanarle el pescuezo, el enano se quedó absorto mirando al
frente. Un fragor se escuchó en los confines del cielo y un fulgor
iluminó todo lo visible, rayos caían y atravesaban a los enanos
derrumbándolos. Leonell se levantó y se giró para contemplar
aquél fenómeno, pero lo único que vio fue a Avregap, el caballo
mágico. Agitaba sus alas mientras se posaba en el suelo. El elfo
recordó que aún quedaban enanos vivos, tenía que terminar con
su venganza. Al voltearse observó que solamente había dos
enanos en pie, estos estaban mirando a Avregap y no se movían.
Leonell se quedó quieto. Quería matarlos, pero no podía. Algo se
lo impedía. Dos rayos cayeron y fulminaron a los dos enanos que
aún quedaban con vida.

Leonell arrojó su espada al suelo y se arrodilló junto a la fogata
cantando una canción a las almas que allí habían perecido.
Avregap lo esperó pacientemente hasta que el elfo se puso en pie
y subió a lomos del caballo alado. Avregap giró sobre sí mismo y
comenzó a trotar. Cuando hubo alcanzado la velocidad apropiada
abrió sus alas agitándolas fuertemente hasta que emprendió el
vuelo. Se elevó hasta lo más alto del cielo, perdiéndose entre las
estrellas por siempre jamás y dejando esta historia en la memoria
de todos los elfos.



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